Dulce alma del mal
Cuando crecemos, pensamos ciegamente que maduramos. Las historias que de niños solían asustarnos ya no lo hacen y vivimos en la ignorancia que aprendemos a valorar inconscientemente. Tenía veintidós años cuando los cuentos se convirtieron en pesadillas muy reales y marcaron mi vida de una manera tan profunda y dolorosa que dejó una marca permanente en mi cuerpo. Fue en un viernes por la noche, lo recuerdo perfectamente que casi confundo las horas y los días. Ese mes mi padre no podía equilibrar su tiempo entre su trabajo y mi pequeña hermana menor y en consecuencia yo terminé cuidando de la hermosa niña de cabellos tan rojos como el fuego. Yo ya era un adulto que encontraba aburrido jugar con muñecas y dibujar paisajes, sin embargo, disfrutaba escucharla cantar canciones infantiles que lograban hacerla reír por horas. La verdadera tragedia inició mientras ella hablaba con un desconocido en el parque cuando por unos minutos me distraje comprando helados; el extraño vestía c...