Dulce alma del mal

Cuando crecemos, pensamos ciegamente que maduramos. Las historias que de niños solían asustarnos ya no lo hacen y vivimos en la ignorancia que aprendemos a valorar inconscientemente. Tenía veintidós años cuando los cuentos se convirtieron en pesadillas muy reales y marcaron mi vida de una manera tan profunda y dolorosa que dejó una marca permanente en mi cuerpo.

Fue en un viernes por la noche, lo recuerdo perfectamente que casi confundo las horas y los días. Ese mes mi padre no podía equilibrar su tiempo entre su trabajo y mi pequeña hermana menor y en consecuencia yo terminé cuidando de la hermosa niña de cabellos tan rojos como el fuego.

Yo ya era un adulto que encontraba aburrido jugar con muñecas y dibujar paisajes, sin embargo, disfrutaba escucharla cantar canciones infantiles que lograban hacerla reír por horas. La verdadera tragedia inició mientras ella hablaba con un desconocido en el parque cuando por unos minutos me distraje comprando helados; el extraño vestía con túnicas de colores oscuros y su rostro no fue identificado jamás por los testigos ni siquiera por la inocente niña que quedó en el medio de una tragedia.

Mi padre nunca supo que fue lo que exactamente le dijo el hombre a mi hermana, le preguntaría yo mismo pero nuestra relación se volvió como un campo minado en el que solo era cuestión de segundos en que nuestros ojos se encontraran y las llamas del infierno arderían de la misma forma que mi antiguo apartamento.

El día uno es el mas tranquilo de todos en donde solo la situación se transformo en algo... anormal.

La mirada de sus ojos la hacían lucir como una lunática a punto de iniciar una catástrofe en donde yo terminaría muy involucrado. El azul que rodeaba su iris destilaba tanta maldad para una niña pequeña que solía observar las cosas a su alrededor con amor. Desgraciadamente yo me convertí en el centro de su odio, un odio que anhelaba acabar con mi vida. No importa cuantas veces lo piense, creo que en el fondo yo ya predije lo que sucedería. La mañana siguiente, las ojeras le daban un aspecto mas terrorífico, cuando le serví su desayuno una sonrisa sádica nublo mi juicio. Durante el tiempo que lavaba los platos, mi dulce hermana sostuvo un cuchillo entre sus manos riendo al ver mi cara estupefacta incapaz de reaccionar y arrebatar el arma.

—¿Mamá murió desangrada, verdad? Alguien cortó su cuello. Lamentablemente el asesino escapó ¿quién la mató?

Lo siguiente que recuerdo es a mi hermana apuntando su cuello con el cuchillo pretendiendo quitar su vida sin quitar la sonrisa de su rostro.

Yo tenía dieciocho años cuando mi padre me dijo sobre lo que le ocurrió a mi madre. Según los policías, en la escena del crimen la sangre de mi madre adornaba las paredes. Mis abuelos nunca quisieron hablarnos de nuevo, como si de cierta forma mi padre hubiera sido el culpable. Nunca habrá un mejor padre como el mío.

El día dos desperté en la madrugada debido a una pesadilla en donde mi hermana me mataba y mi cuerpo era descuartizado. Lo primero que vi al despertar fue a mi hermana en la punta de mi cama riendo. Sentí escalofríos.

—Él ya viene...

El día tres encontré el perro de mi vecina muerto en mi cocina.

El día cuatro mi hermana se enojó y apuñaló a un niño.

El día cinco la encontré jugando con la sangre de un gato.

El día seis ya no actuaba como humana.

Finalmente el ultimo día, ella trato de matarme.

Cinco años después de lo ocurrido conocí al hombre que trajo la desgracia a mi familia. Mi hermana habló por primera vez en años y dijo lo peor que pudo decir.

—Pregúntale a los abuelos, ellos saben. ¡ELLOS LO SUPIERON TODO ESTE TIEMPO Y NUNCA LO DIJERON! ¡Merecen la muerte! ¡Muerte! ¡Muerteeee!

Mi hermana fue encerrada en un hospital psiquiátrico.

No podía vivir cómodamente si aún quedaban incógnitas sin resolver. Recuerdo tomar mi carro y conducir a la casa de mis abuelos.

En mi memoria siempre estará presente los cuerpos sin vida de mis abuelos en la sala de la casa, ambos con cortes en el cuello y símbolos extraños pintados con sangre en las paredes. En medio de ellos, un hombre está parado, sonriendo y recitando palabras en un idioma irreconocible.

Yo sabía quién era apenas lo vi. Llevaba años sin verlo, muchísimo tiempo sin saber si seguía vivo o no. El color de sus ojos y de su cabello siempre me recuerdan a mi madre pero su tatuaje en el brazo fue lo que me dio a reconocer quién era. Mi madre fue víctima de alguien que ella amó, al igual que mis abuelos.


Lo único que sé con certeza es que nunca terminas de conocer a una persona, aquel desconocido jamás fue un extraño. Tal vez por eso mi hermana no le tuvo miedo y gracias a él, su alma inocente y pura ahora es consumida en el infierno.

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